ciosas, hasta que me quedé como un cuerpo muerto.

—¿Y no sabes tú—observó D.ª María, sin poder disimular su indignación—que las personas de buena crianza no beben sino poquito?

—Es verdad; pero aquel vino tenía un saborcillo que me gustaba, y los franceses se reían mucho conmigo. Todos iban a verme, llamándome le petit espagnol.

—Lo cual quiere decir el pequeño español—dijo D. Paco.

—Pero no debió usted dejarse emborrachar, joven—indicó el diplomático—. Juro que si eso hubiera pasado conmigo, de un sablazo descalabro a todos los oficiales de la división de Vedel.

Doña María, profundamente indignada, silenciosa, ceñuda, parecía una sibila de Miguel Ángel.

—Pero si todos aquellos señores me querían mucho ...—continuó D. Diego—. Por la tarde, y luego que desperté de aquel largo sueño, me dijeron que si sabía yo lidiar un toro. Les dije que sí, y poniéndose muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quería yo más para divertirme: así es que, poniendo una silla en lugar de toro, le capeé, le puse banderillas y le dí muerte con mi sable, pasándole de parte a parte. ¡Cuánto se rieron aquellos condenados! Hasta el General acudió a verme.

—Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francés—dijo la señora madre con tremenda ironía.

Si no querían dejarme venir. Después me dijeron que les cantase el jaleo, y lo canté de pie sobre una banqueta. ¡Ave María Purísima! Hasta los soldados se acercaban a la tienda para oír. Entre los oficiales había dos que no me dejaban de la mano, y me decían que si me pasaba al ejército francés me tomarían por ayudante, llevándome a Francia, a París, y de París a recorrer toda la Europa.