—¡Y no les diste una bofetada!—exclamó D.ª María, clavando sus dedos en el cuero del sillón.
—¡Quía! Me eché a reír y les dije que ya pensaba ir a Francia con el Sr. de Santorcaz, que es mi amigo y ha de ser mi maestro cuando me case.
Esta vez no fué D.ª María la que se estremeció de sorpresa e indignación: fué la marquesa de Leiva, quien mudando el color y con absortos ojos miró sucesivamente a su prima, a su primo y al ayo.
—Pero ¿qué está diciendo el niño?—preguntó éste mirando a la Condesa—. ¿Quién dice que es su maestro y su amigo?
—Cualquiera menos usted—contestó con insolencia el heredero—. ¡Vaya un maestro, que no sabe enseñar sino mentecatadas y simplezas!
—¡Jesús! Diego, mira lo que hablas ...—dijo D.ª María, conteniendo con grandes esfuerzos los gestos amenazadores, natural expresión de su ira.
Don Paco se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar una lágrima. Inés a todo atendía dis
cretamente y sin hablar. ¡Ah! Mientras allí la juzgaban indiferente al peligroso diálogo, ¡qué admirables observaciones, qué exactos juicios le sugeriría semejante escena! Su talento y alto criterio dominarían sobre las pasiones, los errores y las querellas de la histórica familia como el sol inmutable sobre la volteadora tierra.
Asunción y Presentación, que aguardaban coyuntura para dar expansión al comprimido gozo de sus almas, hubieran querido reír como su hermano; pero la seriedad de su madre las tenía mudas de terror.
—Esta predisposición de usted—dijo el Marqués—a visitar las Cortes europeas me indica que se siente el niño con inclinaciones a la diplomacia. Hija mía—añadió, dirigiéndose a Inés—, cada vez descubro más eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo justificado el amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y que, en tu delicadeza y castidad, procuras disimular hasta el último instante.