—¡Ah!, se me olvidaba decir—añadió don Diego, riendo a carcajadas—, que los franceses me han enseñado a decir algunas palabras en su lengua.

Y levantándose al punto, hizo profundas reverencias ante Inés, diciéndole:

Ponchú, madama. ¿Cómo la porta vú?

Asunción y Presentación, después de mirarse una a otra, creyeron que había llegado el momento de reír, y rieron dando desahogo a sus oprimidos corazones; pero como D.ª María

no desplegó sus labios, las dos madamitas tuvieron que ponerse serias otra vez.

—¡Oh! ¡Très bien!—dijo el diplomático—. Sr. D. Francisco, su alumno de usted demuestra las luces y copiosa doctrina de tan erudito maestro.

Hizo D. Paco graciosa reverencia, y su rostro compungido y lloroso se esclareció con una sonrisa.

Doña María callaba; pero en su pecho rugía la tempestad. Ella y su prima la de Leiva se miraban de vez en cuando, transmitiéndose una a otra el fuego de sus iracundos sentimientos.

—Otras muchas palabras sé—continuó el rapaz—, como Crenom de Dieu, sacrebleu!, exclamaciones que se dicen cuando uno esta rabioso, en vez de ¡Caracoles! ¡Canastos!

Doña María se levantó de su asiento ... y se volvió a sentar.