—¡Cómo me querían aquellos demonios de franceses! Uno de ellos sabía español y hablaba a ratos conmigo. Me dijo que los españoles eran muy valientes y muy honrados; pero que hacían mal en defender a Fernando VII, porque este Príncipe es un farsantuelo que engañó a su padre y ahora está engañando a la nación y al Emperador.

Doña María se llevó la mano a los ojos.

—Yo le aseguré que los españoles les echaríamos de España, y él me contestó que parecía probable, porque la guerra iba tomando mal aspecto; pero que esto sería un mal para nosotros, porque de venir otra vez Fernando VII, España seguiría con su mal gobierno y con

las muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aquí.

—¡Oh! ¿Y no se le ocurrió a usted la contestación a tan atrevido y antipatriótico aserto?—preguntó con énfasis el diplomático.

—Yo le dije que aquí pensábamos arreglar todas esas cosas, y quitar la Santa Inquisición, y los diezmos, y los mayorazgos, como me decía el Sr. de Santorcaz.

Doña María aferró sus manos a los brazos de la silla como si quisiera estrujar la madera entre sus dedos.

—Sobre todo los mayorazgos—prosiguió Rumblar—. También le dije al francés que yo soy mayorazgo, y que después de casado tendré dos vinculaciones. ¡Como se reía cuando le dije que era Grande de España! Todos acudían a verme y me volvieron a dar de beber, y me caí otra vez al suelo, cantando que me las pelaba.

¡Ay! Doña María se llevó las manos a la cabeza; D.ª María cerró los ojos; D.ª María golpeó el suelo con su pie derecho; D.ª María semejaba la imponente imagen de la Tradición aplastando la hidra revolucionaria.

—Esta mañana me preguntaron si yo tenía hermanas guapas. Díjeles que eran muy bonitas, y ellos me dijeron que vendrían a verlas, y que si queríamos dárselas para casarse con ellas, puesto que también serían mayorazgas. Yo les contesté que mayorazgo era el que había nacido primero.