—Se conoce que es afición de familia.

—Lo que debiera hacer el Sr. Fernández—dijo el lañador—es irse a cualquiera de esos ejércitos, donde sin duda se había de lucir, y quién sabe si nos le harían general de la noche a la mañana.

—Yo no sirvo para nada—contestó el Gran Capitán—. Yo tuve mi época, y ahora que trabajen otros como trabajamos los de entonces. ¡Aquellas sí que eran guerras, señores! Esto de ahora es una bobada, y si no, ya verán ustedes cómo en menos que canta un gallo se acaba todo.

—Pero lo del ejército de Andalucía, ¿es

cierto, o es puro barrunto de usted? Sepámoslo de una vez.

—Es cierto, señores. Me parece que Santiago Fernández tiene motivos para saber lo que hace un ejército y lo que deja de hacer. Cuando empiecen nuestros generales a decir «Por aquí te doy», ya les tendré a ustedes al tanto de todo, día por día.

A este punto llegaba, cuando entró Santorcaz, y no bien le vieron las honradas personas que formaban el auditorio del buen Fernández, empezaron a desfilar de muy mal talante, porque la presencia del citado flamasón era harto desagradable a todos los habitantes de la casa.

—Grandes noticias, grandes noticias traigo, Sr. D. Gonzalo Fernández de Córdova—exclamó desde la puerta—. Aguárdense todos, si quieren saber la verdad pura. ¿Pero se van estas niñas? ¿Por qué me tienen miedo? ¿Y usted, D. Roque, no quiere escuchar?... Vayan noramala, pues, y ustedes se lo pierden, por que no saben lo que ocurre.... La lanza, señor Fernández, tome usted al punto la lanza, y prepárese al combate, porque se acerca lo tremendo, y ahora verá quiénes son buenos patriotas y quiénes no lo son.

—No tomemos a broma estas graves cosas, Sr. D. Luis—dijo algo amoscado el que podremos llamar vencedor de Ceriñola—, ni nos escandalice a la vecindad con sus aspavientos.

—¿A que no sabe usted lo que yo sé?—añadió Santorcaz—. ¿A que no sabe usted que el general Dupont, que estaba en Toledo, ha recibido orden de marchar a Andalucía, y