—¿Y ninguna de las personas de esta casa fué maltratada por la soldadesca francesa?—pregunté, deseando saber qué personas había en la casa.

—Ninguna; sólo mi tío el Marqués tuvo una contusión en la cabeza; pero recibióla al esconderse debajo de una cama, y lo hizo con tanto ímpetu, que se dió un golpe muy fuerte contra el suelo. Un amigo de casa, que nos visita todos los días, D. José María de Malespina, también recibió un ligero rasguño en la mano derecha al ocultarse detrás de un armario.

—¿Y las señoras? Oí decir que una sobrinita de la Sra. Marquesa ... o sobrinita de Su Excelencia, no estoy bien seguro, había venido de Madrid con objeto de acompañarlas.

—No—contestó Amaranta, mirando al suelo.

—Pues entonces lo confundo yo con otra cosa. Paréceme que en Madrid lo oí decir al señor licenciado Lobo, aquel famoso escribano...; pero no, seguramente se equivocó.

¿Conoces tú al Sr. de Lobo?—me preguntó con inquietud.

—Ya lo creo; somos muy amigos. Le conocí cuando yo servía en casa de D. Mauro Requejo..., y por cierto que el señor licenciado y yo tuvimos una cuestión con motivo de cierta jovencita..., una infeliz, señora, una desgraciada chiquilla, huérfana de padre y madre.

—A ver, cuéntame eso.

—Pues los Sres. de Requejo, que eran dos puerco-espines martirizaban a la damisela. Yo tenía lástima de ella y quise sacarla de allí..., pero me fusilaron los franceses.