—¡Te fusilaron!
—Sí, señora, y el Sr. de Lobo...; pues..., lo cierto fué que la niña desapareció.
—Ya.... Cuéntamelo todo.
Con el mayor afán, con el interés más grande que durante mi vida he sentido por cosa alguna, empezaba yo a contar a la Condesa lo que sabía, cuando la entrada de dos personas me interrumpió.
Eran el diplomático y D. José María de Malespina, aquél por tantos títulos famoso, aunque retirado, coronel de Artillería, de quien hablé cuando lo de Trafalgar. El primero me reconoció y tuvo la bondad de dirigirme algunas bromas.
XII
—Sobrina—dijo el Marqués—, pronto tendremos aquí las tropas de Castaños. ¿Sabes lo que ahora le decía al Sr. de Malespina? Pues le decía que si la Junta de Sevilla me comisionara para entrar en negociaciones con los franceses, tal vez lograría poner fin a esta desastrosa guerra.
—¿Qué negociaciones ni qué ocho cuartos? —dijo con desprecio Malespina—. ¡Oh! ¡Si la Junta de Sevilla siguiera el plan que imaginé estos días. Mientras no demos a la artillería el lugar que le corresponde no es posible alcanzar ventaja alguna. Mis recientes estudios sobre cyclodiatomía y capóltica me han hecho descubrir importantes principios que ahora debieran llevarse a la práctica.