—Sigue contando—me dijo—. Y ese señor tendero con quien servías, ¿ha venido contigo a Córdoba?

—No, señora: yo no he vuelto más a su casa. Salí de Madrid acompañando al Sr. de Santorcaz.

—¡Santorcaz!—exclamó la dama, poniéndose encarnada y después pálida como una difunta. ¿Quién? ¿Quién has dicho?

—Don Luis de Santorcaz, señora; un caballero castellano que ha venido ahora de Francia.

Amaranta parecía sentir una emoción profunda. Para disimularse levantó fingiendo buscar algo, dió media vuelta, sentóse de nuevo, después se puso la mano sobre los ojos, y finalmente, rompió una flor de trapo que tenía entre sus manos.

—¿Qué estabas diciendo, que no te oí...?

Que el Sr. de Santorcaz....

Deja a ese hombre..., no hables de lo que no me interesa. ¿Conque antes decías que los tenderos de la calle de la Sal martirizaban a la chiquilla...?

—Sí, señora, mucho. Me desgarraba el corazón—contesté sin cuidarme de disimular los sentimientos de mi alma.