—Aguarda—le insinuó su hermana—. No olvides que esta tarde tienes que pasar por allí.
—¡Otra vez! Si no hay quien la haga salir. Le he prometido, le he rogado, le he amenazado, le he dicho mil finezas y ternuras, y nada, no quiere salir. ¿Por qué no vais vosotras?
—Sí, esta tarde iremos—afirmó detenidamente la Marquesa—. Es preciso que salga, porque sin ella no podemos volver a Madrid.
—¡Oh!, picarón..., ya sabemos el secreto—dijo Malespina, dirigiéndose con maliciosa expresión al Marqués—. Ayer me hablaron del caso en varias tertulias.... Ya sabía yo que había usted sido un terrible seductor.... ¿Pero ahora salimos con eso?
—Amigo, es preciso reparar de algún modo los extravíos de una borrascosa juventud. Ya sabe usted que hasta hace quince años me llamaban el azote de las familias. Pero ya pasaron aquellos tiempos, y ahora....
—¿De modo que no vas esta tarde?
—
Francamente—dijo el Marqués—, en estos días me gusta salir a la calle lo menos posible. Suele haber tumultos..., ¡la gente anda tan excitada!... ¡Qué susto me llevé la otra tarde en el barrio de San Lorenzo!..., y como a causa de la gota no puedo correr....
—Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de ellas.... Vamos, vamos, Marqués, y leeremos a los amigos estas estupendas novedades.
Salieron la Artillería y la Diplomacia, y como la Marquesa había salido de la habitación un momento antes, quedamos solos otra vez Amaranta y yo.