No me cabía duda, era ella misma: en su

semblante, adelgazado y pálido, habían impreso terribles huellas los sesenta días de incesantes pesares transcurridos desde el 2 de mayo; pero la reconocí, a pesar de la escasísima luz del locutorio, y la hubiera reconocido en la obscuridad de las entrañas de la tierra. Parecióme que al verme cerró los ojos, y que asíó las rejas con sus dos manos para sostenerse. Cuando me dirigió la primera pregunta, temblaba su voz de tal modo, que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una sola, incapaz de discurso y de movimiento, permanecí yo breve rato con la cara apoyada en la reja.

La monja que la acompañaba me obligó por fin a romper el silencio.

—La Sra. Marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta—dije, introduciendo ambas cosas para que las tomara Inés.

—¡Ah, el ramo para el Santo Niño de la Enfermería!—dijo la monja vieja—. La señora Condesa no se olvida de nosotras.

—También me ha dado un recado de palabra para la Srta. Inés—continué—, y es que se prepare a salir del convento para partir con ella a Madrid dentro de algunos días.

—¡Oh!—exclamó la vieja—. La Sra. Condesa y la Sra. Marquesa hacen mal en contrariar la decidida vocación de esta niña. ¡Por qué ese empeño de llevarla a Madrid, cuando ella quiere dejar las maldades y abominaciones del siglo! La pobrecita no quiere cuentas con nadie más que con su prometido Esposo, que es Nuestro Señor Jesucristo.

Madre Transverberación—dijo Inés con voz más entera—, el chocolate y los bollos que han hecho sus mercedes ayer para la señora Condesa, ¿dónde están? ¿Los ha traído su merced?

—No por cierto.