—¡Si tuviera su merced la bondad de ir a buscarlos para que los lleve este mozo...!
—Bien pudo usted haberlos traído—replicó gruñendo la vieja.
—Si la Sra. Condesa no lo recibe esta tarde, se enojará mucho, y me será difícil convencerla de que no quiero dejar nunca más esta santa morada.
—Voy por él..., ¡qué niñas éstas!
Dejónos solos la Madre Transverberación, y entonces hablé así:
—Inés mía, estoy vivo, he resucitado. Salí vivo de aquel montón de muertos, donde perdimos para siempre a nuestro buen amigo don Celestino. Al verme vivo y sin ti, pensé que Dios me había devuelto la vida para castigarme; pero ahora que te encuentro, alabo a Dios porque veo que no una, sino dos veces, me ha dado la vida.
—¿Debo salir de aquí? ¿Debo hacer lo que me mandan esas señoras?—me preguntó Inés con impaciencia, porque temía la vuelta de la Madre Transverberación.
—Si, Inés, sal de aquí. Haz lo que te mandan esas señoras. ¿Qué dicen en esa carta?
—Toma, léela—dijo, alargándola al través de la reja.
A la escasa luz del locutorio pude leer la