—¿Pero qué quieren hacer de mí?—preguntó, poniéndose triste otra vez.

—Mira, princesa, haz lo que te mandan esas señoras: obedécelas en todo. Ya habrás conocido el parentesco que tienes con ellas. Dios te ha puesto en sus manos; acepta lo que Dios te da, y Él arreglará lo demás.

Saldré del convento—afirmó ella—. ¡Ay! No se asustarán poco las Madres cuando me lo oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea monja.

—No lo serás, no; y cuando yo vuelva de la guerra....

—¿Pero vas tú a la guerra? Chiquillo, ¿quién te ha metido a ti en guerras?

—¿Pues qué he de hacer? ¿Quieres que toda la vida sea criado? Escucha, Inés, lo que me pasó hace días en casa de la Sra. Condesa. Fuí a visitarla, y habiendo cometido la indiscreción de decirle que te quería, se enfureció de tal modo, que me hizo poner en la puerta de la calle.

Inés cruzó las manos, dejándolas caer luego con desaliento sobre su falda, mientras elevaba sus ojos al cielo, sin decir nada.

—¡No soy más que un criado, Inés!—exclamé, agarrándome con fuerza a la reja y sacudiéndola, como si quisiera hacerla pedazos—; no soy más que un miserable chico de las calles, indigno de ser mirado por personas de tu categoría. Después que nos separamos, mira qué distantes estamos uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta verte donde estar debes.

—¿Y tú?—me preguntó con perplejidad.