—Yo haré lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas señoras y espérame tranquila, con la segundad de que iré a buscarte. Si para entonces no has variado..., si te encuentro la misma....
Contestóme al instante pasando su dedo ín
dice por uno de los huecos de la reja. Yo se lo besé, se lo mordí tan sin pensarlo, que ella no pudo contener un ligero grito, a punto que la Madre Transverberación regresaba con el chocolate y los bollos.
—¿Qué es eso, niña?—preguntó la vieja, asombrada de oírla chillar.
—Nada, Madre Transverberación. Esta reja tiene unos picos.... Al mover la mano me lastimé un dedo—dijo Inés, chupándose la coyuntura del dedo índice y sacudiéndolo después para fingir el dolor del supuesto rasguño.
—Aquí están el chocolate y los bollos—añadió la monja—. Vaya, ya es tiempo de que se marche ese mocito, porque obscurece y no es ésta hora de tener abierto el locutorio.
—Rabiando estoy por marcharme—repliqué—. Vengan acá esos bollos y ese chocolate, que la Sra. Marquesa estará con el alma en un hilo aguardando tan buenas cosas. ¿Y qué le digo a su merced en contestación al recado que tuve el honor de traer?
—Que está muy bien—contestó Inés, apretando su cara contra la reja.—Que haré lo que me mandan, y que cuando quieran venir por mí, estoy dispuesta a salir del convento.
—¿Cómo es eso, niña?—gruñó alarmada la monja—. ¡Que quiere usted salir! ¡Qué pensará su futuro Esposo Jesucristo si llega a sus oídos lo que usted ha dicho! Y tiene que saberlo forzosamente, porque Él está en todas partes y todo lo oye. Nada, nada—añadió, arrimando su hocico a la verja—. Rapaz, a la Sra. Marquesa dirá usted que la niña per
siste en su ejemplar vocación, y que si quieren verla enfadada y bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus tentaciones.