Pues si voy a Madrid—dijo con énfasis el mayorazguito—, lo primero que haré será meterme en una de esas sociedades, donde sin duda se han de aprender muy buenas cosas. ¿No es verdad, D. Luis? Yo no tengo nada de torpe: me lo conozco, sí, señores. ¿Creerá usted, Sr. Santorcaz, que eso que usted ha dicho de los mayorazgos se me había ocurrido a mí muchas veces cuando jugaba en el patio de casa con las gallinas? Pero ya que me enseña usted lo que ignoro, contésteme a una duda: ¿por qué tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de garabatos, y por qué usamos esos escudos con sapos y culebras? El de mi casa tiene cuatro lagartos y un tablero de ajedrez con dos calderitos muy monos.

—Si esos signos representan algo—repuso Santorcaz—, es referente al primero que los usó, a sus hazañas, si las hizo, o a sus privilegios, si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que haya hecho una fortuna con su trabajo o descuelle por su talento, será bienquisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de lagartija en su escudo.

—¿De modo—preguntó el mozalbete—que yo seré un pelagatos si llego a perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto sí que es bueno.

—Nada, nada—dijo uno—. Fuera mayo

razgos, y que todos los hermanos varones y hembras entren a heredar por partes iguales.

—Eso no puede ser—observó Marijuán—, porque entonces no habría las grandes casas que dan lustre al reino.

—Eso no puede ser—afirmó un tercero—. Pues qué, ¿el Rey iba a ser tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre por la cuenta que le tiene.

—Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltará quien los quite—añadió Santorcaz.

Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad superior a la voluntad del Rey.

—¿Cómo puede ser eso? Si el Rey no quiere ... ¿Hay quien esté por cima del Rey? El Rey manda en todas partes, y digan lo que quieran, no hay más que su sacra real voluntad. ¡Muchachos, viva Fernando VII!