Abriéronse varias bocas con estupefacción, y no se oyó ninguna respuesta.
—Pues yo, que no he leído ningún libro—afirmó al fin uno de los circunstantes—, digo que Dios tiene que volver a hacer el mundo, porque eso de que se lo lleve todo el que primero salió del vientre de la madre, y los demás se queden bailando el pelao, no está bien.
Mi hermano el mayor, sólo porque le dió la gana de nacer antes que yo, tiene tres dehesas y dos casas; y los demás..., uno hubo de meterse fraile, otro se fué al Perú, otro está muerto de hambre en un hospital de Sevilla, y yo, señores, tuve que meterme en el contrabando para que no se me helara el cielo de la boca.
—Oye, tú, Marijuán—dijo otro—, ¿sabes lo que contaban en Sevilla? Pues que la Junta se iba a poner de compinche con las otras Juntas para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el gobierno de España, lo cual podemos hacer nosotros sin necesidad de que vengan los franceses a enseñárnoslo.[[2]]
—Así ha de ser—observó Santorcaz—. Me han dicho que en Sevilla hay sociedades secretas.
—¿Qué es eso?
—Ya sé—replicó uno—. Tiene razón don Luis. En Sevilla hay lo que llaman flamasones, hombres malos que se juntan de noche para hacer maleficios y brujerías.
—¿Qué estás diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba también a esas Juntas, y cuando su mujer se lo echaba en cara, respondía que los que allí iban entraban al modo de filósofos y no hacían mal a nadie.
—Pues en Madrid las sociedades secretas están todavía en la infancia—añadió Santorcaz—. En Francia las hay a miles, y todo el mundo se inscribe en ellas.
—