—¿De modo que no ha leído usted la Enciclopedia?

—¿Qué es eso?

—La Cincopedia—gritó uno—. ¡Eh!, ¿sabes tú adónde cae la Cincopedia?

Esta palabra, que adquirió fortuna aquella noche, fué pasando de boca en boca, y más de cien la repitieron entre zumbas y chacota.

—Veo que sois unos animales—dijo Santorcaz, un poco avispado—. De todos modos, Sr. D. Diego, la educación que usted ha recibido no puede ser más deplorable en un joven mayorazgo, que por lo mismo que ha de

sobresalir entre los demás en la sociedad, debe cultivar su entendimiento.

—A ver, amigo—indicó Rumblar—, hábleme usted de esas cosas, que me gustan. Todo lo que usted me decía anteayer, cuando íbamos de camino por aquí, me tenía encantado, y le juro que si no estuviera en vísperas de casarme y fuera preciso seguir con ayo, le diría a mi señora madre que me le pusiera a usted en lugar de D. Paco, el cual bien se me alcanza que no me ha enseñado más que gansadas y tonterías.

—Pues repito que un joven destinado a ocupar tan alta posición en el mundo debe saber algo más que el romance del Barandal del cielo. Verdad es que, o mucho me equivoco, o todo eso de los mayorazgos se lo llevará la trampa, y tarde o temprano se pondrán las cosas de manera que cada cual sea hijo de sus obras.

—Así debe ser—añadió Marijuán—. ¿No somos todos hijos de Dios?

—Vengan acá y respondan—dijo Santorcaz, excitando la curiosidad de sus oyentes—. ¿No les parece que el mundo está muy mal arreglado?