—¡Basta de romances!—exclamó de improviso Santorcaz, asustándonos a todos con su interrupción—. Eso es cosa de chiquillos, y no de hombres formales. ¿No sabe usted más que eso?

—Sé muchos más—dijo tímidamente el joven—. Don Paco me ha enseñado muchos, y me los hace aprender de memoria para que los diga en las tertulias.

—¿Y nada más le ha enseñado a usted ese Sr. D. Paco, a quien desde el primer momento tuve y diputé por un gran zopenco?

—También me ha enseñado Historia, sí, señor. Y sé lo de nuestro padre Adán y aquello de Alejandro cuando fué a dar batallas a los persas, como ahora vamos nosotros a dárselas a los franceses.

—¿Y nada más?

—¡Toma!, también latín; pero mi señora ma

dre mandó que no me atarugasen la cabeza de latín, puesto que no era necesario; y por último, D. Paco dijo que con saber un poquito de Musa musæ bastaba.

—¿Y qué libros ha leído usted?

—Nada más que la Guía de Pecadores, donde está aquello del Infierno. Es libro muy feo, y mi señora madre no me dejaba leer más que lo del Infierno, que da mucho espanto y sueña uno con ello. Pero mi señora madre tiene otros libros en el cofre, y cuando iba a misa, yo, con mucha cautela, los sacaba para leerlos. Uno se titula La farfulla, o la cómica convertida, novela escrita por un fraile de mínimos, y otra, Princesa, ramera y mártir, Santa Afra. Ambos libros son muy bonitos, y traen un aquel de amores y besos, que me daba mucho gusto ouando a escondidas los leía yo.

Santorcaz sonreía. Después de una pausa, dijo con cierta petulancia: