—Sí, señora—contestó el rapaz—. Las vi: la Sra. Condesa me dió muchos dulces, y la Marquesa me preguntó si sabía ayudar a misa. Una y otra me dijeron que la joven con quien está concertado mi matrimonio se obstina en no salir del convento, asegurando que antes se casará con Jesucristo que conmigo. ¡Qué ranciedades, señora madre!—añadió con nuevo arrebato—. Yo quiero seguir en el ejército, yo quiero ir a Madrid para tratar a la gente que sabe, y a los filósofos, y leer la Enciclopedia, y ver las sociedades secretas, si las hay para entonces, y aprender lo que no sé, pues D. Paco no me ha enseñado más que esa sandez de Por el barandal del cielo.

El ayo volvió a mirar compungidamente a la Condesa, pintando en sus húmedos ojos la persuasión de que no había instruído al mayorazgo en tales iniquidades, y D.ª María reprendió a su hijo con majestad verdaderamente regia, diciéndole con pausa y aplomo estas amargas palabras:

—Hijo mío, recordarás que te entregué una espada que fué de tus abuelos. Honra da al que la ciñe ese acero antiguo; pero también ella la recibe de las manos de su poseedor, si

éste es persona que sabe adquirirla en los campos de batalla. ¿Deshonrarás tú esa espada que llevó el tatarabuelo de tu padre en el sitio de Maestrich, cuando medio mundo se llamaba España?

—¡La espada!—exclamó el chico con sorpresa—. Ya no me acordaba de la dichosa espada. Si ya no la tengo.

—¿Que no la tienes?—preguntó D.ª María ton estupefacción.

—No, señora. ¡Si no sirve para nada! Cuando dimos el primer ataque en Menjíbar, saqué yo mi espadita, y a los primeros golpes que di en unas hierbas observé que no cortaba.

—¡Que no cortaba!

—No, señora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros, sapos por aquí, culebras por allí, y cubierta de moho desde la punta a la empuñadura. ¿Para qué me servía? Como no tenía filo, la cambié por un sable nuevo que me dió un sargento.

—¡Y diste la espada, la espada!...—exclamó la Condesa, levantándose de su asiento.