La señora estaba sublime en su indignación. Parecía la imagen de la Historia levantándose de su sepulcro a pedir cuentas a la generación contemporánea.
—Sí, señora: se la di al sargento—añadió el mozo, sacando de la vaina un sable nuevo, reluciente y de agudísimo filo—. ¡Si aquello no servía más que de estorbo! Muy bonita, eso si, toda llena de dibujos de plata y oro; pero, señora madre, si no cortaba..., si estaba llena de orín.... Vea usted este sable: no tiene letre
ro, ni cabecitas, ni garrapatos, ni nada; pero corta que es un gusto.
Observamos que la Condesa dió un paso hacia su hijo; que su semblante hermoso y venerable se contrajo, desfigurado por la ira; que extendió sus brazos; que comenzó a balbucir con locución atropellada, cual si su indignada lengua no acertara a encontrar una palabra bastante dura, bastante enérgica para tal situación; la vimos después llevarse ambas manos a la cabeza, retroceder, vacilar, apoyarse en el hombro de D. Paco, y por último, reponerse, erguirse, serenarse, mirar a su hijo con desdén, señalar a la calle, donde de improviso empezaba a oírse fuerte redoblar de tambores, y decir:
—El ejército se va. Marcha, corre. Cuando se acabe la guerra, ajustaremos cuentas. Si eres valiente y vuelves vivo, a palmetazos te enseñaré a respetar tu nombre. Pero si eres cobarde, no vuelvas acá.
Salimos a toda prisa, y montando en nuestras cabalgaduras, ocupamos las filas. Al punto se nos unió Santorcaz. Don Paco no quiso salir a despedirnos, porque estaba traspasado de dolor, al ver—según dijo después—cómo en una semana se torciera, al soplo de las malas compañías, el derecho arbolito criado con tanto esmero en el apacible huerto de sus lecciones.
Las dos señoritas salieron a las ventanas, y nos despedían agitando los mismos pañuelos con que secaban sus lágrimas. Ninguna de las dos, ni la destinada al matrimonio, que era,
por tanto, ignorante, ni la consagrada al claustro, que era ya medio doctora, habían entendido la conversación que acabo de referir.
Las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin darse cuenta de ello.