—Efectivamente; a mí me gustan los peligros, Sr. D. Luis. A mí me gusta todo aquello que no se sabe adonde va a parar. Siga usted hablandóme del mismo asunto. ¿Qué precauciones tomaremos?
—¡Oh! Cuando llegue el caso se verá. Yo soy muy corrido en esas cosas. Ya no estoy
para fiestas, es verdad, y por cuenta mía no intentaría aventuras de esta especie; pero son tan grandes las disposiciones que descubro en usted para ser hombre a la moderna, hombre de ideas atrevidas y para echar a un lado las ranciedades y rutinas de España, que volveré a las andadas y entre los dos haremos alguna cosa.
—Pero, hombre, ¿cuándo se dará esa batalla, cuándo volveremos a Córdoba, para enseñarle yo a mi señorita cómo se portan los caballeros de ideas modernas, que han recibido un desaire de las novias de Jesucristo? Pero diga usted, Santorcaz: si perdemos la batalla, si nos matan....
—Todavía no se ha hecho la bala que ha de matarme a mí. Y usted, ¿qué presentimientos tiene?
—Creo que tampoco he de morir por ahora. ¡Ay! ¡Si me viera usted!, tengo un fuego dentro de la cabeza.... Me hierven aquí tantos pensamientos nuevos, tantas aventuras, tantos proyectos, que se me figura he de vivir lo necesario para que sepa el mundo que existe un D. Diego Afán de Ribera, conde de Rumblar.
—¡Bueno, magnífico! Lo mismo era yo cuando niño. Fuí después a Francia, donde aprendí muchísimas cosas que aquí ignoraban hasta los sabios. Al volver he encontrado a esta gente un poco menos atrasada. Parece que hay aquí cierta disposición a las cosas atrevidas y nuevas. En Madrid se han fundado varias sociedades secretas.
—¿Para asaltar conventos?
—
No, no son sociedades de enamorados. Si algún día se ocupan de conventos, será para echar fuera a los frailes y vender luego los edificios....