—Pues yo no los compraría.

—¿Por qué?

—Porque esas casas son de Dios, y el que se las quite se condenará.

—¿Qué es eso de condenarse? Me río de vuestras simplezas. Pues, hijo, adelantado estáis.

—Vivamos en paz con Dios—dijo D. Diego—. Por eso creo que antes de robar del convento a mi novia, debemos confesar y comulgar, diciéndole al Señor que nos perdone lo que vamos a hacer, pues no es más que una broma para divertirnos, sin que nos mueva la intención de ofenderle.

Santorcaz rompió a reír desahogadamente.

—¿Conque usted es de los que encienden una vela a Dios y otra al Diablo? Robamos a la muchacha, ¿sí o no?

—Sí, y mil veces sí. Ese proyecto me tiene entusiasmado. Y me marcharé con ella a Madrid; porque yo quiero ir a Madrid. Dicen que allí suele haber alborotos. ¡Oh!, ¡cuánto deseo ver un alboroto, un motín, cualquier cosa de esas en que se grita, se corre, se pega! ¿Ha visto usted alguno?

—Más de mil.

—Eso debe de ser encantador. Me gustaría a mí verme en un alboroto; me gustaría gritar con los demás, diciendo: «¡Abajo esto, abajo lo otro!» ¡Ay! ¡Como me alegraba cuando mi seño