—¡Mirándome!
—Sí, sí; a todo el que va a casa le examinamos y le medimos las facciones línea por línea. Después, cuando nos quedamos solas, decimos cómo tiene el pelo, los ojos, la boca, los dientes, las orejas, y disputamos sobre cuál de las tres se acuerda mejor.
—Bonita ocupación.
—Las tres estamos siempre juntas. La señora marquesa de Leiva está muy enferma, y como mamá dice que quiere tener a Inés bajo su vigilancia, ha mandado que viva en casa. Las tres dormimos en una misma alcoba y charlamos bajito por las noches. ¡Ah! ¿Sabe usted lo que me ha dicho Inés? Que usted está enamorado.
—¡Qué bromazo! Tal cosa no es verdad.
—Sí, nos lo dijo, y aunque no me lo dijera... Eso se conoce.
—¿Lo conoce usted?
—Al instante. En cuanto veo a una persona.
—¿Dónde ha aprendido usted eso? ¿Lee usted novelas?
—Jamás. No las leo; pero las invento.