Fue aquel lance uno de los muchos que afearon la primera época constitucional; pero no llegó a ser tan escandaloso como el ocurrido poco después con motivo del famoso incidente Lardizábal, y que puso en gran peligro la vida de D. José Pablo Valiente, diputado absolutista, el cual hubiera sido despedazado por el pueblo si Villavicencio no le librara heroicamente de las garras de aquel, embarcándole al instante.

—¡Virgen Santísima!-repetía Presentación—. ¡Y esas niñas no parecen!... Vámonos al punto de aquí. Allí sale el Sr. Ostolaza... Me va a conocer.

Marchamos por la calle de San José para tomar la del Jardinillo: pero no nos fue posible esquivar las miradas y la persecución del Sr. Ostolaza, que llamándonos desde lejos nos obligó a detenernos.

—Señora mía—dijo el taimado clérigo—eso está muy bien... En la calle con un mozalbete... Por fuerza ha muerto la señora condesa.

—Por Dios y la Virgen—exclamó la muchacha llorando—. Sr. de Ostolaza... no diga usted nada a mamá... Yo le explicaré a usted... Salimos a paseo y como nos perdiéramos, pues... No diga usted nada a mamá. ¡Ay! Sr. de Ostolaza; usted es un buen sujeto y tendrá lástima de mí.

—En efecto; siento lástima de la señorita.

—Quiero decir... Lléveme usted a casa... Amigo—añadió esforzándose en aparecer jovial—oí su discurso y me pareció muy bonito. ¡Qué bien habla usted, qué bien!... Da gusto...

—Basta de lisonjas—dijo el clérigo; y luego mirándome añadió—: y usted, señor militar-teólogo, ¿de qué arterías se ha valido para sacar de su casa a esta señorita?

—Yo no he sacado de su casa a esta señorita—repuse—; la acompaño porque la he encontrado sola.

—A causa del gentío nos perdimos D. Paco y yo... quiero decir: se perdieron ellas.