—Comprendido, comprendido.

—¿Sabe usted, señor oficial-teólogo—me dijo con aviesa mirada—que antes de poner esto en conocimiento de doña María voy a dar parte a la justicia?

—¿Sabe usted—respondí—señor clerigón-entrometido, que si no se me quita de delante ahora mismo, le enseñaré a ser comedido y a no meterse en camisa de once varas?

—Comprendido, comprendido—repuso poniéndose como de almagre su abominable rostro, y echándome de lleno su insolente mirada—. Sigan los pimpollitos su camino. Adiós...

Marchose a toda prisa y cuando le perdimos de vista, Presentación me dijo dando un suspiro.

—Nos llamó pimpollitos y cree que somos novios, y que nos hemos escapado... Ahora ¿qué diré a mamá cuando me vea entrar con usted? Necesito inventar algo muy ingenioso y bien urdido.

—Lo mejor es decir la verdad clara y desnuda. Esto ofenderá menos a la señora que las invenciones con que usted pretenda engañarla.

—¡La verdad!... ¿está usted loco? Yo no digo la verdad aunque me maten... Corramos... ¿Habrán llegado ya las otras dos? ¡Jesús divino! Si ellas dicen una mentira distinta de la mía...

—Por eso lo mejor es decir la verdad.

—Eso ni pensarlo. Mamá nos mataría... A ver qué le parece a usted mi proyecto. Yo entraré llorando, llorando mucho.