—Señora, usted puede juzgarme como guste, pero en el suceso de hoy, no ha habido malicia por mi parte.

—Yo me vuelvo loca—repuso la señora—. Por todas partes asechanzas, celadas, inicuos planes. No hay defensa posible; son inútiles las precauciones; de nada sirve el aislamiento; de nada sirve el apartarse de ese corruptor bullicio. En nuestro secreto asilo viene a buscarnos la traidora maldad que todo lo invade y hasta en lo más recóndito penetra.

Los tres personajes dieron nuevas señales de su unánime asentimiento.

—Basta de farsas—dijo Ostolaza—. La señora doña María no necesita que usted se disculpe ante ella, porque le conoce. ¿Cómo va de teología?

—Con la poca que sé—repuse—cualquier sacristán podía pronunciar en las Cortes discursos dignos de ser oídos.

—El señor es de los que van todos los días a alborotar a la tribuna. Es un oficio con el cual viven muchos.

—¡Qué aberración! ¿Y desde tal sitio y desde tales tribunas se piensa gobernar el reino?

—No quiero hacer aquí apologías de mi conducta—repuse con calma—ni las injurias de ese hombre me harán olvidar el hábito que viste y el respeto que debo a la casa en que estoy. Aquí está una persona que, si puede haber formado de mí juicio desfavorable en ciertas cuestiones, conoce muy bien mis antecedentes y mi reputación como hombre honrado. El Sr. D. Pedro del Congosto me oye, y yo apelo a su lealtad, para que doña María sepa si ha admitido en su casa a una persona indigna.

Oyendo esto D. Pedro, que indolentemente se apoyaba en el respaldo del sillón, irguiose, atusó los largos bigotes y gravemente habló de esta manera:

—Señora, señorita y caballeros: puesto que este joven apela a mi lealtad, probada en cien ocasiones, declaro que no una, sino muchísimas veces he oído elogiar su buen comportamiento, su caballerosidad, su valor como militar, con otras distinguidas prendas de paisano que le han creado abundante número de amigos en el ejército y fuera de él.