—Señora madre...-continuó con aturdimiento la muchacha—íbamos por la muralla... cayó una bomba, que partió en dos pedazos a D. Paco... no, no fue tanto... pero corrimos, nos separamos, nos perdimos, yo me desmayé...
—¿Cómo es eso?—dijo la madre con furor—. Si el Sr. de Ostolaza que acaba de llegar, dice que te vio en la tribuna de las Cortes...
—Eso es... me desmayé... me llevaron a las Cortes... Después mataron a D. Paco...
—Esto debe de ser obra de alguna infame maquinación—exclamó la condesa llevándonos a la sala—. ¡Señores... ya no hay nada seguro... no pueden las personas decentes salir a la calle!
En la sala estaban Ostolaza, D. Pedro del Congosto y un joven como de treinta y cuatro años y de buena presencia, a quien yo no conocía. Mirome el primero con penetrante encono, el segundo con altanero desdén y el tercero con curiosidad.
—Señora—dije a la condesa—usted se ha exaltado sin razón, interpretando mal un hecho que en sí no tiene malicia alguna.
Y le conté lo ocurrido, disfrazando de un modo discreto los accidentes que pudieran ser desfavorables a las pobres niñas.
—Caballero—me contestó con acrimonia—dispénseme usted, pero no puedo darle crédito. Yo me entenderé después con estas inconsideradas y locas niñas; y en tanto no puedo menos de creer que usted y lord Gray han urdido un abominable complot para turbar la paz de mi casa. Señores, ¿no hablo con razón? Estamos en una sociedad donde se hallan indefensos y desamparados el honor de las familias y el decoro de las personas mayores. ¡No se puede vivir! Me quejaré al gobierno, a la Regencia... ¡pero a qué, si todo esto proviene de las altas regiones, donde no se alberga más que alevosía, desvergüenza, escándalo y despreocupación!
Los tres personajes, que cual tres estatuas exornaban con simétrica colocación el testero de la sala, movieron sus venerables cabezas con ademán afirmativo, y alguno de ellos golpeó con la maciza mano el brazo del sillón.
—Señor de Araceli, siento decir a usted que ya reconozco la lamentable equivocación en que incurrí respecto al carácter de usted.