—Sé que la señora Inesita está loca por él.
—¡Oh! Sí... ¡loca... loca!... Dios mío ya llegamos... Estoy medio muerta.
Al entrar en la calle y acercarnos a la casa, alcé la vista y detrás del vidrio de uno de los miradores, distinguí un bulto siniestro, después dos ojos terribles separados por el curvo filo de una nariz aguileña, después un rayo de indignación que partía de aquellos ojos. Presentación vio también la fatídica imagen y estuvo a punto de desmayarse en mis brazos.
—Mi mamá nos ha visto—dijo—. Sr. de Araceli. Escápese usted, sálvese usted, pues todavía es tiempo.
—Subamos, y diciendo la verdad nos salvaremos los dos.
[XX]
En el corredor Presentación cayó de rodillas ante su madre que al encuentro nos salía, y exclamó con ahogada voz:
—Señora madre ¡perdón!, yo no he hecho nada.
—¡Qué horas son estas de venir a casa!... ¿Y D. Paco, y las otras dos niñas?...