—No estoy mal, no.
—¡Pobre Currito Báez!
—Sí. ¡Pobre Currito Báez! Mañana veremos.
Sonó en la escalera gran estrépito, suspendimos al punto el juego, permaneciendo con los floretes en la mano en actitud observadora, y he aquí que entran metiendo ruido y cual brazos de mar que todo lo arrollan e inundan delante de sí, dos mozas de lo mejor que puede criar Andalucía. ¿Las conocéis? Eran María Encarnación llamada la Churriana y Pepilla la Poenca, a quien nombraban así por ser sobrina del Sr. Poenco.
—¡Endinote!-exclamó una corriendo ligerísima hacia mi amigo—. ¿Cómo tanto tiempo sin verte? ¿No sabías que esta probe se estaba muriendo?
—Miloro está encalabrinao por aquí dentro, y ya no quiere nada con la gente de la Viña.
—Amable canalla—dijo el inglés—, sentaos. Sentaos y cenemos.
Los cuatro tomamos asiento y no pasó después nada digno de contarse, por lo cual me abstengo de quitar espacio y atención a asuntos de mayor importancia.