Yo pensé que lord Gray escondería de mis ojos el papel que tan extraños avisos traía para él, pero con gran sorpresa mía, me lo mostró. Era una hoja de un libro, en cuyo margen había algunas rayas con lápiz.
—¿Esta es la carta? A fe que no puedo entender lo que dice, ni es fácil conocer el carácter de la escritura.
—Yo lo entiendo bien... Estas rayas se refieren a determinadas letras de los renglones impresos y con un poco de paciencia se descifra. Pero me parece que sabe usted bastante. Silencio, pues, y no se nombre más este asunto. Me mortifica, me pone nervioso y colérico el ver que hay alguien que posee una parte de mi secreto. Ahora no pensemos más que en Currito Báez. Amigo, siento deseo irresistible, anhelo profundo de matar a un hombre.
—Yo también.
—¿Cuándo le despachamos?
—Mañana por la noche se lo diré a usted.
—¿Quiere usted que le ejercite un poco en la esgrima?
—Nada más oportuno. Vengan los floretes. Espero adquirir de aquí a mañana tanta destreza como mi maestro.
Empezamos a tirar.
—¡Oh, qué fuerte está usted, amigo!—dijo al recibir una estocada medianilla.