Era altísimo, flaco, desgarbado, amarillento, siendo de notar en su rostro la viveza de los ojos así como la regular longitud de las abanicadas orejas. ¡Singular hombre! Cincuenta años después le habéis visto en las calles de Madrid desfigurado por el medio siglo; pero siempre distinguiéndose muy bien por la prolongación longitudinal de su persona; le habréis visto siempre flaco, siempre amarillo, pero antes atrabiliario que jovial, marchando aprisa con los bolsillos de un como redingot gris llenos de libros viejos, con su sombrero de hule hecho a las injurias de aguas y soles; y si por acaso dirigisteis vuestros pasos a la Alberquilla, dehesa próxima a Toledo, le veríais allí sepultado en una biblioteca, donde le devoraba, como a D. Quijote la caballería, la estupenda locura de los apuntes; le veríais encerrado semanas enteras, sin tomar otro alimento que el modestísimo de una diaria ración de sopas de leche. Algo había en aquella cabeza, para ofrecer el fenómeno de que sabiendo cuanto había que saber en materia de libros, y siendo el almacén de apuntes y datos y noticias más colosal que ha existido en el mundo, jamás hiciese cosa de provecho.
Pero ustedes no conocieron a Gallardo como yo le conocí, en la plenitud de su frenesí clerofóbico; ustedes no le oyeron leer como yo las célebres páginas del Diccionario burlesco, el libro más atroz y más insolente que contra la religión y los religiosos se había escrito en España. Estaba poseído de un estro impío, y fue la primera musa de esa gárrula poesía progresista que durante muchos años atontó a la juventud, persuadiéndola de que la libertad consiste en matar curas.
—¡A leer, a leer!-gritaron seis o siete voces.
—¿Has acabado el párrafo del cristianismo?
—Calma y no me vuelvan loco—dijo Gallardo sacando unos papelotes—. No se puede ir tan aprisa.
—Si estás a la mitad, insigne bibliotecario, habrás llegado al parrafillo de la Inquisición que caerá en la I.
—No, porque pongo la Inquisición en la y griega.
Grandes y estrepitosas y retumbantes risas.
—Atended un poco. A ver qué os parece esto de la Constitución—dijo sentándose, mientras se formaba corrillo en torno suyo—. Ya sabéis que el asno hilvanador del Diccionario manual decía que la Constitución será una taracea de párrafos de Condillac cosidos con hilo gordo... Pero mirad antes cómo defino el Cristianismo. Digo así: «Amor ardiente a las rentas, honores y mandos de la Iglesia de Cristo. Los que poseen este amor saben unir todos los extremos y atar todos los cabos, y son tan diestros que a fuerza de amor a la esposa de Jesucristo, han logrado tener a su disposición dos tesorerías, que son las del arca-boba de la corte de España y la de los tesoreros de las gracias de la corte de Roma». Ya veis que he parafraseado lo que dijo el Manual en el párrafo del Patriotismo.
—Bartolillo—preguntó uno—, ¿y no le has contestado nada a aquello de que el alma es un huesecillo o ternilla que hay en el celebro, o según otros en el diafragma, colocado así como el palitroquillo que se pone dentro de los violines?