—También.
—Pues aunque supiera que mi mamá estaba en vela toda la noche... adiós... me voy a cenar y a rezar el rosario. Dentro de hora y media estaré allá... Tunante, diré a Presentación que te he visto. ¡Qué contenta se va a poner!
Cuando nos separamos visité de nuevo a lord Gray, y como le encontrara dispuesto a salir a la calle, le dije:
—Milord, la señora condesa (Amaranta) me encargó ayer que rogase a usted pasase a verla.
—Ahora mismo marcharé allá... ¿Está usted libre esta noche?
—Libre, y a la orden de usted.
—Será algo tarde cuando yo necesite de su auxilio. ¿Dónde nos encontraremos?
—No es preciso fijar sitio—repuse—. Yo tengo la seguridad de que nos encontraremos. Una súplica tengo que hacer a usted. Mi espada no es buena. ¿Quiere usted prestarme esa magnífica hoja toledana que está en la panoplia?
—Con mil amores: ahí va.
Diómela, y cambié su arma por la mía.