—¡Pobre Currito Báez!—dijo riendo—. Han fijado ustedes el duelo para esta noche. Pero, amigo mío, yo no puedo estar en todas partes. Esta noche no podré asistir a la muerte de ese hombre.
—¿Pues no ha de poder? Hay tiempo para todo.
—Fijemos horas.
—No es preciso. Ya nos encontraremos. Adiós.
—Pues adiós.
Era de noche y corrí al ventorrillo. Don Diego tardó mucho; pasó una hora, pasaron dos y yo no cabía en mí de ansiedad y afán. Por fin le vi aparecer y calmose mi febril impaciencia con su llegada.
—Poenco—gritó dando manotadas sobre la mesa—trae manzanilla. ¿Hay algo de pescado para hacer sed?... Querido Gabriel, hombre benévolo y caritativo, pongo en tu conocimiento que ahora al pasar por la calle del Burro me dieron ganas de entrar en casa de Pepe Caifás, y allí perdí los cuatro duros que me diste esta tarde. ¿Llevarías tu longanimidad hasta el extremo de darme otros cuatro? Ya sabes que me caso pronto.
Le di lo que me pedía.
—Señor Poenco, ¿dónde está Pepilla?
—Ha ido a confesar y está haciendo penitencia.