—¡A confesar! ¿Tu hija se confiesa? No la dejes acercarse a ningún fraile. Ya sabes que los frailes son unos animales viles y despreciables que viven en la ociosidad y holganza en una especie de café-fondas donde se entregan a todo género de placeres...
—Todo lo que gastemos lo pago yo, tío Poenco—dije—. Venga Jerez.
—Gracias, gracias, valiente soldado. Siempre has sido generoso. De modo que podré emborracharme... Poenquillo, ¿me sabrás decir dónde se puede ver esta noche a María Encarnación?
—Señorito D. Diego—dijo el pícaro—no me comprometeré yo a decirle dónde está, manque me diera esos cuatro soles de plata mejicana, porque María Encarnación salió de aquí con Currito Báez, y tomando hacia la calle del Torno de Santa María... cétera, cétera.
Entraron varios majos ya de nosotros conocidos, y D. Diego les convidó a beber, lo cual lejos de molestarles les causó muchísimo agrado.
—¿Vienes de las Cortes, Vejarruco?-preguntó D. Diego a uno de ellos.
—Sí... y qué borrasca han armado allí con el papé de Lardizábal.
—Toos, toos son unos pillos—exclamó Lombrijón—. ¡Qué gomitaeras tenía aquel diputao alto, berrendo, querencioso, y qué cosas les dijo cuando le dio aquel súpito, engrimpolándose too!...
—¿Qué entiendes tú de eso, Lombrijón?... Si lo que dijo fue que el puebro...
—En las orejas tengo el voquible, Vejarruco. Fue lo de la mococrasia...