—Apostad a cuál es más bruto—dijo don Diego con pedantería—. La democracia, y no la mococrasia es aquella forma de gobierno en que el pueblo, en uso de su soberanía se rige por sí mismo, siendo todos los ciudadanos iguales ante la ley...
—Justo y cabal. ¡Qué bien parla este angelito! Si en mi poder estuviera, mañana sería diputado.
—Algún día me votaréis, amigos Vejarruco y Lombrijón—dijo mi amigo sintiendo ya en su cabeza con los vapores del generoso licor el humo de la vana ambición.
—¡Viva el puebro soberano!-gritó Vejarruco.
—¡Vivan las Cortes!-gruñó Lombrijón batiendo palmas con el ritmo de la malagueña—. Lo que igo es que un ruedo de muchachas bailando, con un par de guitarras y otros tantos mozos güenos y un tonel de lo de Trebujena que dé güelta a la reonda, me gustan más que las Cortes, donde no hay otra música que la del cencerro que toca el presiente y el romrom de los escursos.
—Que vengan las muchachas, que vengan las guitarras—gritó el de Rumblar, dueño ya tan sólo de la mitad de su corto entendimiento.
—Poenco, si las traes te hacemos...
—Te hacemos diputao...
—¿Qué es eso? ¡Menistro! ¡Viva la libertad de la imprenta y el menistro señó Poenco!
Mientras de este modo se enardecía el espíritu y se exaltaban los sentidos de aquellos bárbaros, iba pasando mucho tiempo, más tiempo del que yo quería que pasase sin poner en ejecución mi pensamiento. Habían sonado las nueve, las diez, casi las once.