—¡A la calle!-exclamé más desconcertado aún.
—Sí—dijo recobrando la zozobra que al principio había advertido en ella—; quiero traerla aunque sea arrastrada por los cabellos... ¡Ay! Gabriel, estoy tan angustiada que no sé cómo contarte lo que me pasa. Pero vamos, acompáñame. No me atrevía a salir sola a estas horas.
Diciendo esto tomaba mi brazo, y con impulso convulsivo me empujaba hacia la escalera.
—Esta casa está deshonrada... ¡Qué vergüenza! Si mañana despierta doña María y no la encuentra aquí... Vamos, vamos. Yo espero que me obedecerá.
—¿Quién?
—Asunción. Voy a buscarla.
—¿En dónde está?
—Se ha marchado... Ha huido... Vino lord Gray... En la calle te contaré...
Hablábamos tan bajo que nos decíamos las palabras en el oído. En un instante y andando con toda la prisa que permitía la oscuridad de la casa, bajamos, abrimos las puertas y nos encontramos en la calle.
—¡Ay!-exclamó al ver cerrar por fuera la puerta—. En mi atolondramiento se me olvidaba, al querer salir, que no tenía llaves para abrir la puerta.