—¡La señora condesa está tan arrepentida de aquellas palabras!

—Que Dios la perdone... Mi responsabilidad está a cubierto... ¿Pero a qué estos artificios, Sr. de Araceli? ¿Cree usted que no le comprendo?

—Señora, no hay artificio en lo que digo.

—Vamos, que a mí no se me engaña fácilmente. ¿Me faltará entendimiento para comprender que todos esos supuestos recados de la condesa, son pretexto que usted toma para entrar aquí y ver a mi hija Presentación, de quien está tan enamorado?

—Señora, la verdad, no había pensado...

—Un ardid amoroso... en efecto, no es ningún crimen. Pero ha de saber usted que he destinado a mi hija al celibato. Ella no quiere casarse... Además, aunque de mis repetidos informes resulta que no es usted mala persona, no basta... porque, veamos, ¿quién es usted?... ¿de dónde ha salido usted?

—Creo que del vientre de mi madre.

—Bueno será, pues, que renuncie a sus locas esperanzas.

—Señora, usted padece una equivocación.

—Yo sé lo que digo. Ruego a usted que se retire.