Asunción pronunciaba estas palabras, cuando sentimos los pasos de lord Gray.
—¡Es él!—dijo con terror.
—Ocúltate y sal de la casa.
Amaranta hizo pasar a lord Gray a una estancia inmediata y al instante me llamó a su lado. El inglés afectaba tranquilidad; mas la condesa adivinando sus propósitos, le desconcertó al momento.
—Ya sé a que viene usted—le dijo—. Sabe que Asunción ha entrado en mi casa... Por Dios, lord Gray, retírese usted. No quiero tener nuevas ocasiones de disgusto con doña María.
—Discreta amiga mía—repuso él con vehemencia—. Usted me juzgue mal. ¿Impedirá usted que me despida de ella? Dos palabras nada más. ¿Saben que me voy esta noche?
—¿Es de veras?
—Tan cierto como que nos alumbra el sol... ¡Pobrecita Asunción!... También ella se alegrará de verme... Vamos, no salgo de aquí sin decirle adiós...
—Francamente, milord—indicó Amaranta—. No creo en su partida.
—Señora, aseguro a usted que partiré de madrugada. Me ha detenido tan sólo la broma que pensamos dar a Congosto... Sea testigo Araceli de lo que digo.