La condesa sin aguardar más, abrió la mampara, y las dos muchachas aparecieron ante nosotros.
Asunción no podía ocultar la angustia que la dominaba y quiso retirarse.
—¿Se marcha usted porque estoy aquí?—dijo secamente lord Gray—. Pronto saldré de Cádiz y de España, para no pisar más esta tierra de la ingratitud. Los desengaños que aquí he padecido me impelen con fuerza a huir, aunque mi corazón no ha de encontrar ya reposo en ninguna parte.
—Asunción no puede detenerse para oírle a usted—dijo Inés—. Tiene que marcharse a su casa.
—¿No merezco ya ni dos minutos de atención?-afirmó con amargura el noble lord—. ¿Ya no se me concede ni el favor de una palabra?... Está bien, no me quejo.
—Ahora parece indudable que parte—dijo Amaranta.
—Señora, adiós—exclamó lord Gray con emoción profunda, verdadera o fingida—. Araceli, adiós; Inés, amigos míos, procuren olvidar a este miserable. Y usted, Asunción, a quien sin duda debo haber ofendido, según el encono con que me mira, adiós también.
La infeliz se deshacía en lágrimas.
—Había solicitado de usted el último favor, una entrevista para despedirme de la que tanto he amado, pero no espero conseguirlo. He sido un insensato... Ha hecho usted bien en cobrarme de pronto ese aborrecimiento que me están revelando sus bellos ojos... ¡Miserable de mí, he aspirado a lo que me era tan superior! En mi demencia juzgué posible apartar esta noble alma de la piedad a que desde el nacer se inclina; aspiré a lo imposible, a luchar con Dios, único amante que cabe en la inconmensurable grandeza de ese corazón... Adiós, vuelva usted a sus santidades, remóntese usted a aquellas celestiales alturas, de donde este infame quiso hacerla descender. Entre usted en el claustro... entre usted... Perdóneme Dios mis arrebatados pensamientos... cada cual a su puesto. Ángeles al cielo, miseria y debilidad a la tierra... Antes amor, locura, ardientes arrebatos; ahora respeto, culto. Mañana, como ayer, vivirá usted en mi corazón; pero ahora, santa mujer, está usted dentro de él canonizada... Adiós, adiós.
Y apretando calurosamente las manos de la joven, partió con tales modos, que todos le creíamos con el corazón despedazado y tuvimos lástima de él.