—No... que venga aquí—repuso la madre con energía—. Veré a la que ha sido mi hija... ¿La encontró usted? ¿Estaba sola?

—Sola, señora—exclamó llorando D. Paco—. ¡Y en qué triste y lastimoso estado! Los vestidos están rotos, en su preciosa cabecita tiene varias heridas, y en su voz y ademanes demuestra el más grande arrepentimiento. No ha querido subir, y yace exánime y sin fuerzas en la escalera.

—Que entre—dijo la de Leiva—. La infeliz empieza a expiar su culpa. María, pasó la ocasión del rigor y ha llegado el momento de la benevolencia. Recibe a tu hija, y si acabó para el mundo, no acabe para ti.

—Retirémonos para evitarle la vergüenza de verse delante de nosotros—dijo Valiente.

—No, queden todos aquí.

—Sr. D. Francisco—dijo doña María al ayo—traiga usted a Asunción.

El ayo salió determinando fuertes corrientes atmosféricas con la violencia de sus suspiros.

Bien pronto oímos la voz de Asunción que gritaba:

—Mátenme, que me maten: no quiero que mi madre me vea.

Por D. Diego y el ayo conducida, a intervalos suavemente arrastrada, casi traída a cuestas, entró la infeliz muchacha en la sala. En la puerta arrojose al suelo, y sus cabellos en desorden sueltos, le cubrían la cara. Todos acudimos a ella, la levantamos, la consolamos con palabras cariñosas; pero ella clamaba sin cesar: