—Veremos lo que saco en limpio—dijo Villavicencio—. Vaya, señora mía, me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Verónica. Creo que bastará mi autoridad...

De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclamó:

—¡Ahí está, ahí está ya!... al fin la encontramos.

—¿Quién?

—La señora doña Asuncioncita... ¡Pobre niña de mi alma!... Está en la escalera... No quiere subir... ¡parece medio muerta la pobrecita!...


[XXXII]

Reinó sepulcral silencio, y miramos todos a la puerta del fondo por donde apareció doña María. Con decoroso silencio, que no con lágrimas, mostraba esta señora su honda pena. El color blanco de su cara habíase convertido en una palidez pergaminosa; su frente estaba surcada de repentinas arrugas, y los secos ojos tan pronto irradiaban el fulgor de la ira como se abatían amortiguados. Pero otro incidente llamó la atención más que el grave silencio y la amarillez y las arrugas, y fue que sus cabellos, entrecanos algunos días antes, estaban enteramente blancos.

—¡Está ahí!-repitió un sordo murmullo.

—¿Te negarás a recibirla?—dijo con emoción la marquesa, adivinando los pensamientos de doña María.