—Creo que esta noche se le podrá ver—dijo Valiente—porque a las diez se verificará, según he oído, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto una especie de desafío quijotesco con que espera reírse mucho la gente.
—Bobadas... En fin, señora marquesa, Wellesley me ha prometido que la muchacha volverá, pero hay que dejar en paz a lord Gray... Señora marquesa, me llama mucho la atención este extraño caso. Soy experto en ciertos asuntos, y creo que en el lance de que nos ocupamos juega alguna persona que no es lord Gray.
—¿Lo cree usted? Yo opino que Inés se ha marchado sola.
—Pues yo creo que no.
—O con lord Gray. Ese señor inglés se propone desocupar mi casa.
—Algún otro pájaro, señora, algún otro pájaro ha enredado aquí, y no pararé hasta averiguar quién es... Los dos raptos tienen entre sí íntima conexión.
—Busque usted, pues—dijo la marquesa—a ese cómplice desconocido, y haga caer sobre él todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse contra lord Gray.
—Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche.
—Verdaderamente—dijo Calomarde—si ha de haber un choque con la embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cómplice si se descubre, y decir: «aquí que no peco».
—Así anda la justicia en España—objetó la de Leiva.