La desgraciada se cubría el rostro con las manos.
—Habla, hija mía, es preciso saber la verdad—dijo la de Leiva—. Tal vez tu culpa no sea tan grande como parece. ¿Saliste de buen grado?
La presencia de doña María se conocía por su respiración que era como un sordo mugido. Luego oímos distintamente estas palabras que parecían salir de la cavernosa garganta de una leona:
—Sí... de grado... de grado.
—Lord Gray—dijo Asunción—me juró que al día siguiente abrazaría el catolicismo.
—Y que se casaría contigo, ¡pobrecita!—dijo con benevolencia la marquesa.
—Lo de siempre... historia vieja—balbuceó Calomarde a mi oído.
—Señores—dijo Villavicencio—retirémonos. Estamos aumentando con nuestra presencia la confusión de esta desgraciada niña.
—Repito que se queden todos—dijo la de Rumblar con fúnebre acento—. Quiero que asistan a los funerales del honor de mi casa. Asunción, si quieres, no que te perdone, sino que tolere tu presencia aquí, confiesa todo.
—Me prometió abrazar el catolicismo... me dijo que marcharía de Cádiz para siempre, si no... Yo creí...