—Basta—exclamó Villavicencio—. Que se retire a buscar algún reposo esta criatura.
—Pero ese infame hombre la ha abandonado...
—La ha arrojado de su casa—dijo D. Paco.
Múltiple exclamación de horror resonó en la sala.
—Esta mañana—añadió Asunción sacando difícilmente de su pecho el aliento necesario para hablar—lord Gray salió dejándome sola en la casa. Yo temblaba de zozobra... Entraron luego unas mujeres, unas mujerzuelas... ¡qué horrible gente!... Con sus gritos me desvanecieron y con sus manos me maltrataron. Todas se reían de mí y me desgarraron los vestidos, diciéndome palabras ignominiosas... Bebían y comían en una mesa que el criado de milord les dispuso... disputaban unas con otras sobre cuál de ellas era más amada por él... Entonces comprendí el abismo en que había caído... Lord Gray volvió... Le increpé por su vil conducta... Estaba taciturno y sombrío... Tomó una chinela y con ella les azotó la cara a aquellas viles mujeres... Me colmó de cuidados. Me dijo que me iba a llevar a Malta... Yo me negué a ello y empecé a llorar amargamente invocando el nombre de Jesús... Volvieron las mujeres acompañadas de hombres soeces; uno de ellos quiso ultrajarme. Lord Gray le rompió la cabeza con una silla... Corrió la sangre... ¡Dios mío, qué horror!...
Deteníase a cada rato, y luego con gran esfuerzo seguía:
—Lord Gray me dijo después que él no podía hacerse católico, y que se alegraba de que yo entrase en el convento para robarme. Quise salir y el criado anunció la llegada de una señora... ¡Oh! Entró una señora principal que le llamó ingrato... La señora se reía de mí... ¡Qué hora, Dios mío, qué hora!... La señora dijo que yo era la más piadosa y devota señorita de todo Cádiz, y luego me rogó que encomendase a lord Gray a Dios en mis oraciones... La vergüenza me inflamaba, y busqué un cuchillo para matarme... Después...
Estábamos todos conmovidos y aterrados con la patética relación de la desgraciada niña, digna de mejor suerte.
—Después... entraron unos hombres; ¡qué hombres! Vestían de cruzados como don Pedro del Congosto, y venían a recordar a lord Gray que este le había desafiado... Entraron los amigos de lord Gray y todos se rieron mucho del desafío con D. Pedro. Luego... milord me rogó de nuevo que partiese con él a Malta... Yo le decía que me hiciese el favor de matarme... Reíase a carcajadas y jugando con un puñal hacía como que me quería matar... Me inspiraba tal horror que huí de su lado... Yo corrí por la casa dando gritos... él se reía... un criado me dijo: «milord me ha mandado que la acompañe a usted a su casa». Salimos a la calle y en la puerta añadió: «No tengo ganas de ir tan lejos: vaya usted sola», y cerró la puerta... Di algunos pasos... una mujer frenética que dijo haber perdido por mí los favores de lord Gray, quiso castigarme... ¡Ay!, yo estaba medio muerta y me dejé castigar... Libre al fin recorrí varias calles... me perdí... yo buscaba la muralla para arrojarme al mar... al fin después de dar mil vueltas volví junto a la casa de lord Gray... Encontráronme D. Paco y mi hermano... yo no quería venir aquí... pero me trajeron al fin a mi casa de donde salí culpable, y a donde vuelvo castigada, pues las penas todas del purgatorio y el infierno no son superiores a las que yo he padecido hoy... Aun así no merezco perdón. Mi falta es grande... No merezco más que la muerte, y pido a Dios que me la conceda esta noche misma, para que ni un día más soporte la vergüenza y el deshonor que han caído sobre mí. ¡Señora madre mía, adiós! ¡Hermana mía, adiós! ¡No quiero vivir!
No dijo más y cayó desmayada en el pavimento.