Conmovidos y aterrados, contemplamos el semblante de doña María, que reclinada en el sillón, con la barba apoyada en la mano, silenciosa, ceñuda primero como una sibila de Miguel Ángel, y conmovida después, pues también las montañas se quebrantan al sacudimiento del rayo, derramó lágrimas abundantes. Parecía que su rostro se quemaba. Su llanto era metal derretido.
—Hija mía—dijo la marquesa—, retírate a descansar... Sr. D. Francisco, o tú, Diego, llévala a su cuarto.
El conmovedor espectáculo de la infeliz Asunción desapareció de nuestra vista.
—Señoras—dijo Villavicencio—tengo el alma despedazada, y me retiro.
—Siento mucho... pues...-murmuró Ostolaza, y se retiró también.
—He tenido un verdadero sentimiento...—dijo Valiente, marchándose tras el anterior.
—Por mi parte...-indicó Calomarde saludando—. Si es preciso entablar recurso...
Se fueron todos. Yo me quedé, porque una fuerza irresistible me clavaba en aquella sala, y no podía apartar el pensamiento del desolado cuadro que había visto. Delante de mí estaba la de Rumblar en la misma actitud en que antes la he descrito. El fenómeno de su llanto me llenaba de asombro. A mi lado la marquesa de Leiva lloraba también.
Pero no estábamos solos los tres. Acababa de entrar una figura estrambótica, un mamarracho de los antiguos tiempos, una caricatura de la caballería, de la nobleza, de la dignidad, del valor español de otras edades. Mirando aquella figura de sainete que se presentaba tan inoportunamente, dije para mí:
—¿Qué vendrá a hacer aquí D. Pedro del Congosto? ¿Si creerá que sus caballerías ridículas sirven de alguna cosa en estas circunstancias?