La de Leiva abrió los ojos, vio al estafermo, y como si no diera importancia alguna a su persona, volviose a mí y me dijo:
—¿Qué piensa usted de lord Gray?
—Que es un infame, señora.
—¿Quedará sin castigo?
—No quedará—exclamé arrebatado por la ira.
D. Pedro del Congosto dio algunos pasos, púsose delante de doña María, y alzando el brazo, con voz y gesto que al mismo tiempo parecían trágicos y cómicos, habló así:
—Señora doña María... ¡esta noche!... ¡a las once!... ¡en la Caleta!
—¡Oh! ¡Gracias a Dios!-exclamó la noble señora levantándose con ímpetu—. Gracias a Dios que hay en España un caballero... Cuatro personas han presenciado el lastimoso cuadro de la deshonra de mi hija, y a ninguno se le ha ocurrido tomar por su cuenta el castigo de ese miserable.
—Señora—dijo Congosto con voz hueca, que antes que risa, como otras veces, me produjo un espanto indefinible—. Señora, lord Gray morirá.
Aquellas palabras retumbaron en mi cerebro. Miré a D. Pedro y me pareció trasfigurado. Aquel espantajo, recuerdo de los heroicos tiempos, dejó de ser a mis ojos una caricatura desde el momento en que me lo representé como providencial brazo de la justicia.