—No es usted, D. Pedro—dijo con incredulidad la de Leiva—quien ha de arreglar esto.
—Señora doña María—repitió el estafermo sublimado por una alta idea de su propio papel, por la idea de la hidalguía, del honor, de la justicia—¡esta noche!... ¡a las once!... ¡en la Caleta! Todo está dispuesto.
—¡Oh! Bendita sea mil veces la única voz que ha sonado en mi defensa en esta sociedad indiferente. Abominables tiempos, aún hay dentro de vosotros algo noble y sublime.
Esto que en otras circunstancias hubiera sido ridículo, tratándose de D. Pedro, en aquellas me hacía estremecer.
—Bendito sea mil veces—continuó doña María—el único brazo que se ha alzado para vengar mi ultraje en esta generación corrompida, incapaz de un sentimiento elevado.
—Señora—dijo D. Pedro—adiós... voy a prepararme.
Y partió rápidamente de la sala.
—María—dijo la de Leiva a su parienta—sosiégate; debes procurar dormir...
—No puedo sosegar—repuso la dama—. No puedo dormir... ¡Oh Dios mío! Si permites que el miserable quede sin castigo... Si vieras, mujer... siento una salvaje complacencia al recordar aquellas palabras «esta noche... a las once... en la Caleta».
—No esperes de D. Pedro más que ridiculeces... Sosiégate... Han dicho aquí que el desafío de D. Pedro con lord Gray era una función quijotesca. ¿No es verdad, caballero?