—Es verdad.
—Y lo cumplirá usted.
—No pienso casarme.
—Entonces...
—Ya le he dicho que venga conmigo a Malta.
—Ella no irá.
—Pues yo sí.
—Milord—dije dando a mis palabras toda la serenidad posible—usted debajo de ese humor melancólico, debajo de los oropeles de su imaginación tan brillante como loca, guarda sin duda un profundo sentido y un corazón de legítimo oro, no de vil metal sobredorado como sus acciones.
—¿Qué quiere usted decirme?
—Que una persona honrada como usted sabrá reparar la más reciente y la más grave de sus faltas.