—Araceli—me dijo con mucha sequedad—es usted impertinente. ¿Acaso es usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida?
—Lo mismo que si lo fuera—repuse, obligándole a detenerse en su marcha febril.
—¿Qué sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa? Quijotismo, puro quijotismo.
—Un sentimiento que no sé definir y que me mueve a dar este paso con fuerza extraordinaria—repuse—. Un sentimiento que creo encierra algo de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro... No le puedo contener ni sofocar. Quizás me equivoque; pero creo que usted es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y castigar.
—¿Es usted doña María?-me dijo con los ojos extraviados y la faz descompuesta—¿es usted doña María que toma forma varonil para ponérseme delante? Sólo a ella debo dar cuentas de mis acciones.
—Yo soy quien soy. Por lo demás, si parte de la responsabilidad corresponde a la madre de la víctima, eso no aminora la culpa de usted... Pero no es una sola víctima; las víctimas somos varias. La salvaje pasión de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus estragos a cuanto la rodea. Por la acción de usted personas inocentes están expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco responsable de faltas que no he cometido.
—En fin, Araceli, ¿en qué viene a parar toda esa música?—dijo con tono y modales que me recordaban el día de la borrachera en casa de Poenco.
—Esto viene a parar—repuse con vehemencia—en que usted se me ha hecho profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de mí, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir más.
Yo sentía inusitado fuego circulando por mis venas. No me explicaba aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario; pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes había visto, me hacía crispar los nervios, apretar los puños, y el corazón se me quería saltar del pecho. No había cálculo en mí. Todo lo que determinaba mi existencia en aquel momento era pasión pura.
—Araceli—añadió respirando con fuerza—, esta noche no estoy para bromas. ¿Crees que soy Currito Báez?