—Señora doña María... ¡Usted aquí a esta hora!
—Ha caído—dijo mirando con viva atención hacia donde estaba lord Gray—. Acertó la marquesa al asegurar que no era D. Pedro hombre a propósito para llevar adelante esta grande empresa. Usted...
—Señora—dije bruscamente—no alabe usted mi hazaña... Quiero olvidarla, quiera olvidar que esta mano...
—Ha castigado usted la infamia de un malvado, y el alto principio del honor ha quedado triunfante.
—Lo dudo mucho, señora. El orgullo de mi hazaña es una llama que me quema el corazón.
—Quiero verlo—dijo bruscamente la señora.
—¿A quién?
—A lord Gray.
—Yo no—exclamé con espanto, deseando alejarme de allí.
Doña María se acercó al cuerpo y lo examinó.