—Adelante.
Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me sentía fuerte en la segunda embestida; lord Gray era habilísimo tirador; pero estaba agitado, mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanzó con rápido empuje; sintiose el chirrido de un acero al resbalar contra el otro, y lord Gray articulando una exclamación, cayó en tierra.
—Muero—dijo, llevándose la mano al pecho—. Araceli... buen discípulo... honra a su maestro.
[XXXV]
Arrojando la espada, mi primer impulso fue correr hacia el herido y auxiliarle; pero Figueroa lleno de turbación, me dijo:
—Esto es hecho... Araceli, huye... no pierdas tiempo. El gobernador... la embajada... Wellesley.
Comprendiendo lo arriesgado de mi situación, corrí hacia la muralla. Turbado y hondamente impresionado y conmovido andaba hacia la puerta, cuando me detuvo una persona que avanzaba resueltamente hacia el lugar de la catástrofe.
—¡El gobernador Villavicencio!—dije en el primer momento antes de distinguir con claridad el bulto de aquel extraño espectador del duelo.
Mas reconociendo a la persona al acercarme a ella, exclamé con asombro: